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Échenle un ojo (literal) y dejen su lengua (literal)....

miércoles, 16 de marzo de 2011

Otoño

(Rosas muertas en el tocador, una caja de música empolvada; a la bailarina le falta un brazo y el smoking del bailarín esta despostillado. Cortinas de Shifon roído cubren las ventanas pálidas; en la cama, yace la soledad cobijada por la apagada mañana que apenas deja ver unos rayos débiles de Sol a través de las cortinas desgarbadas. Junto a la ventana está el taburete de pino añejo descolorido, sobre él, un tocado amarillento de novia)

           Se abre la puerta lentamente, descubriendo unos pies descalzos  al borde de la entrada. Ella se acerca al espejo del tocador, con la delicadeza de su mano roza la caja de música y la desempolva tiernamente con su dedo; vuelve la mirada al espejo, es ella, nadie más; lleva la mano a su mejilla y la desliza hasta su pecho, como si pudiera cambiar el semblante perdido y desesperanzado que tiene, los aires de mimetismo que se incustran en cada poro (rueda una silenciosa lágrima). El coraje y la resignación  la obliga a golpear el espejo que la tortura, haciéndola ver lo que es  y recordándole lo que fue.

           Dirige su mirada a la derecha, hacia la ventana impregnada de ausencia, ahí donde el tocado de novia la espera. Camina lenta y dolosamente hacia el, al borde del mueble observa con desdén aquel objeto; lo toma entre sus manos, lo sujeta fuertemente al tiempo que se dirige a la cama que antes le parecía tan inmensa de regocijo y ahora estaba tan llena de nada. Con la mirada fija en el tocado, se sienta en la cama, quedando frente al espejo; una vez más clava sus ojos en aquel verdugo de su recuerdo. Lentamente lleva el tocado a su cabeza con cierto temor de que pudiera desvanecer en cuanto aquel fuego tocara su cuerpo (rueda una lágrima que apresura sus manos hacia la cabeza).

           Su deja vu le dibuja una sonrisa efímera y vaga en el rostro; se incorpora de la cama, camina hacia el espejo, hacia el altar, lenta y decididamente; se encuentra frente a frente, ella y solo ella, sola en esa habitación fantasma.

           Nota la presencia de las rosas marchitas del tocador, tan parecidas a ella; se turba de manera tormentosa, se rasga lenta y brutalmente las ropas descocidas, el tocado queda echo añicos en cuanto lo arranca de su cabeza y lo lanza al vació de su alma.

           Respira, se calma, vuelve la mirada al espejo con cierta agitación, ya no hay nada que hacer.

           Lleva su mano hacia el jarrón que sujeta aquellas rosas muertas, las saca y las lleva pausadamente hacia su pecho, contra el las deshoja, mientras su mirada se pierde otra vez en sí misma.

           Ya no sabe si ha vivido mil días o un día mil veces.....

1 comentario:

  1. la otra parte de Renata... jajaj somos una bolsa de cachibaches!! amen por eso!!

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